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Opinión, Política, Sociedad

Rumbo al fondo

Hace 100 años el Titanic tocaba fondo en el Océano Atlánico. Su viaje inaugural se convertía así en uno de los más cortos y catastróficos de la historia marítima. El insumergible, como lo llamaron entonces, no hizo gloria a su nombre y no pudo con la grandeza de Mamá Natura, en forma de iceberg, fría e impermeable como puede ser ella.
Hundimiento del Titanic
A un siglo de aquella catástrofe, quienes estamos en tierra, tenemos casi el mismo peligro de sucumbir por lo imprudencia de unos pocos que viajan en primera clase a costa de los millones de desafortunados que solo nos llega el billete para tercera. Créanlo o no, hoy siguen existiendo personas de primera y otras sin clasificación incluso, aunque la ONU se empeñe en eliminar el término Tercer Mundo por países en vías de desarrollo. 
Como el Titanic, el Capitalismo estaba marcado desde el inicio por la superstición y las preocupaciones, hay quienes dicen que la botella de champán inaugural nunca se rompió. Desde la instauración del capital como principal base de la sociedad, algunas voces como Karl Marx alertaron del peligro de dejarnos arrastrar marea adentro por la Economía, la producción y el consumo desmedido.
Mientras en primera los pasajeros disfrutaban de los mayores lujos que hasta entonces cruzaron los mares, en tercera clase vivían al día, con lo básico, solamente con la certeza de estar haciendo historia en un barco que nunca llego a puerto seguro. ¿Acaso estaremos en el camino correcto para salir de la crisis? ¿no tendríamos que desviarnos de los mismos despreocupados que nos trajeron a este punto?
Los salvavidas hoy en día también son insuficientes, como los escasos 1178 del Titanic para unas 2227 personas a bordo. Las crisis del Capitalismo son cíclicas, puede decirme alguien, pero lo cierto es que, aún saliendo de esta actual situación, no tenemos garantizado la vuelta de todos los ciudadanos a su vida antes de la catástrofe. Cada crisis cierra compuerta para los que están más abajo y así crean un cementerio de apestados sociales, incapaces de recuperarse: inmigrantes, desalojados, desempleados, ancianos, incluso los jóvenes.
Un grupo de ciudadanos que se lanzan en la oscuridad de la noche, sin la certeza de a dónde irán, qué les deparará esta sociedad cada vez más competitiva a costa de la igualdad ¿alcanzada? en los últimos tiempos. Para más desgracias la opción al Capitalismo, aquella concepción social de la Unión Soviética tampoco demostró ser viable y chocó contra su propio iceberg, que vino desde adentro.
Cuando llegué a Europa me impresionó descubrir que el Estado de Bienestar es uno de los principales logros después de la Segunda Guerra Mundial: una serie de garantías a la ciudadanía como salud, educación y sobre todo la seguridad social. Hoy esos “logros” han chocado con el iceberg de los recortes y cada vez se van perdiendo más derechos y garantías a una vida digna.
En una escalada de eventos catastróficos se está convirtiendo el Capitalismo. Un sistema que no entiende de personas, habla en dinero sea euros, dólares, libras o yen. La vida humana se toma en broma o como algo sin importancia, al punto de apostar con la muerte de personas en esos sitios blindados, uniformados de cuello y corbata, que nos han traído hasta aquí. Sí, los bancos y quienes están detrás de ellos.
Estamos en un punto medio que no se sabe para dónde coger, el desasosiego es inmenso y los nervios de las personas, por naturaleza ya estresadas, no soportan más, por eso se van, escapan por dónde pueden, a veces por el camino sin retorno. Y la naturaleza está ahí, sufriendo las consecuencias de años de expoliación sin medida ¿tenemos medida para algo? 
Anclar se ve difícil, aún no diviso tierra firme o rumbo preciso para esta travesía político, social y económica que sufrimos hace años. Ojalá no vayamos rumbo al fondo como el Titanic. Ojalá hallemos la salvación con los menores costes posibles.
Suena a imposible, pero ¿quién esperaba el hundimiento del Titanic?
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Acerca de Alberto Arego Pulido

Periodista cubano-español, residente en Madrid, España. Estudiante de la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS.

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